
Porque el arte mayor es otra cosa...
Demetrio era la clase de persona con la que uno siempre podía contar: era un amigo fiel. Nunca me había dado cuenta hasta qué punto lo necesitaba, hasta que se fue a París, un verano cualquiera. Innumerable cantidad de veces había yo escapado a su casa y me había quedado un fin de semana huyendo de alguna noviecita ocasional o de algún compromiso "ineludible" con alguna muchacha de buenas formas. Ese verano, ninguna excusa fue posible encontrar para una ausencia: fue una temporada larga.
Cuando él regresó, todo volvió a ser como antes. Dos felices amigos escapando de la ingenuidad y la seriedad de las mujeres de Buenos Aires.
Una noche, sin embargo, poco después de que regresara, llegué a su casa en pronta huida y lo encontré agazapado en el sillón de su padre con la luz torva sobre sus hombros.
"No te imaginás la angustia que tengo encima. Ya no aguanto más, si no la encuentro rápido creo que me voy a morir de desesperación"
"¿A la mujer ideal?" pregunté, lo admito, con cierta ironía.
Él levantó la cabeza y me miró confundido, como tratando de entender lo que yo había dicho. Me sentí culpable. Después de todo era mi amigo, y no se merecía mi sarcasmo. Me acerqué y la puse una mano en el hombro. Él me seguía con esa mirada de entre las tinieblas que comenzaba a asustarme y finalmente continuó.
"No, a la mujer ideal ya la encontré. ¿No entendés? ¡Ése es mi problema! La encontré pero la perdí en una feria de París. Su aroma era tan distinguible que me guiaba por entre las frutas, verduras, carnes y flores... Era una fragancia desconcertante. La seguí durante largo rato hasta que, al borde de los puestos, la perdí. No pude verla, no volví a encontrarla. Regresé a esa feria durante días, a toda hora me la pasaba recorriendo sus esquinas con tal de atraparla, pero nunca más la sentí.
Desde que llegué no hago otra cosa que buscar una fragancia similar, me paseo por las calles de Buenos Aires como por aquella feria sin poder dar, siquiera, con algo que me la recuerde."
Re-escritura en Mi de "El perfume" de Söskin
El tren chirrió con ganas al arrancar de la estación Ituzaingó. Nosotros nos balanceamos suavemente al romper la inercia que nos mantenía quietos pero mi cabeza estaba inquieta tratando de imaginar una razón, una sola, por la cual ella quisiera estar ahí con esa gente. El grupo de adolescentes se había quedado callado unos segundos mientras acomodaban sus bolsos y sus camperas nylonosas hacían el barullo por ellos. Un hormigueo de cabezas mojadas que asemejaban algas lánguidas, se detuvo, finalmente, cuando cada uno estuvo sentado. Sólo ella permanecerá de pie, como actuando esa distancia que ellos ponían y que ella simulaba no notar. Su cuerpo se torcía hacia adelante su voz se volvía un tanto estridente cuando estaba con ellos. Pero ahora permanecía callada y parecía meditar algo importante.
La conversación se reanudó a los escasos segundos y Johnatan, si la memoria no me falla (es difícil unir nombres rubios con caras tan andinas), terminó de contar cómo su antiguo vecino de Merlo había acuchillado con una tramontina a otro joven de su edad que, al parecer, había insultado a su novia. Claro que todo esto había sido dicho con el más colorido lunfardo, al punto de casi provocarme un dolor de cabeza intentando entender a qué se referían. Todos se miraban con caras de aprobación y fue Brian el que tomó la palabra. Juraba, también él, que eso no era nada que debían escuchar su historia para saber lo que era el coraje. Micaela miraba desde esas alturas blanquesinas que tanto la mortificaban y celaba cada gesto de aprobación deseándolo, casi queriendo comérselo, parecía ver las palabras y sentirlas jugosas en su paladar.
Brian continuó con su historia, contó con lujo de detalles, cómo una noche estrellada al volver de bailar, escuchó ruidos extraños en su casa. Medio borracho como estaba, el miedo no le pasó por la cabeza ni un segundo y envalentonado se dirigió a la puerta de atrás (parece que la valentía incluía cierto instinto de conservación que la borrachera no había podido diluir). Entró tratando de no hacer ruido y siguió los ruidos que, a esas alturas, ya había reconocido. El descenlace era obvio: al encontrar a su novia y a su hermano en la cama, no pudo contener la ira y sacó un cuchillo de carne de la cocina para abalanzarse sobre la mujer que gemía los placeres de otro (nunca se explicó cómo hizo para tomarlo tan pronto y sin ser descubierto o si había sido descubierto pero nadie le dió importancia, creo que, al menos para mí, el estudio de cómo contaban sus "hazañas" era mucho más cautivante). Su hermano, por supuesta piedad, trató de detenerlo, pero finalmente cedió. Una vez consumada la justicia, ambos llevaron a la mujer hasta cierto baldío y la dejaron allí.
Un rumor de escalofríos subió por m espalda. Miré de reojo a Micaela que siempre permanecía callada durante estas batallas campales en las que alguien saldría vencedor y merecería el respeto de todos por, al menos, una semana o hasta que la sesión se repitiera.
Yamila tomó la palabra pero Micalea, sin mirarla, la interrumpió como si nunca la hubiera escuchado. Miraba fijo el suelo mugroso del vagón y levantó la vista despacio. Con tono grave, con la voz que yo le conozco de siempre, lanzó el reto
"Eso no es nada" y continuó a medida que su cuerpo que se erguía y ganaba como cinco centímetros de altura.
"La madrugada del lunes pasado, cuando estaba por salir del Fantástico una mina se me acerca y me pregunta si puede pedirme un favor. La miré medio desconfiada. ¿Qué quiere esta mina? Pensé. Pero me dió curiosidad y le hice que sí con la cabeza. En eso me manda mirar a un flaco que estaba medio lejos, en la barra, y me dice que es el hijo. Yo pensaba ¿y a mí qué me importa? Y sigue contándome que parece que el pibe es marica y que ella está desesperada porque en el barrio todos lo pelotudean mal, pero que últimamente es peor porque al flaco se le dió por salir pintado y ponerse pantalones de ella... Yo miraba al flaco y ya me estaba dando asco. No sé si me decía la verdad, pero la mina estaba medio baqueteada, daba para creerle. Además tenía cara de desesperada. La cosa es ¿qué carajo tenía yo que ver con eso? Y entonces me larga: si vos te acostaras con él y todos supieran que estuvo con vos, ya no le pegarían. ¡No sabés el miedo que me dá cuando sale a la calle! Creo que mi cara de asco fue tan grande que la mina no sabía qué decir. Cuando pude hablar, posta que se me habían revuelto las tripas, la mandé a cagar. La cosa es que no lo podía creer y le pregunté al de la barra y al patova que está por los baños si sabía quienes eran esos dos. Y me dijeron que sí, que era una mina con el hijo que era puto y que siempre venía ella para evitar que lo cagaran a trompadas mal porque no sé de quién era amiga, ¡qué se yo! La verdad que fue un asco, pero lo peor fue cuando me estaba yendo. ¿Vieron que para salir tenés que pasar por la puerta del VIP? Bueno, resulta que los veo, a la mina y al pibe, tranzando y apretando mal y la mina me ve, ¡¡¡me pone cara de lástima y le mete la mano al pibe en el pantalón!!!"
Todos se quedaron callados. No creo que ese fuera el tipo de historia que estaban esperando. Se miraban entre ellos y algunos ni siquiera eso, miraban por la ventana. Cuando llegamos a la estación de Liniers el grupo se bajó en silencio. Micaela y yo nos sentamos en los lugares que habían dejado. Me miró, la miré: "Me fuí al cuerno, ¿no?" Levanté las cejas sin saber bien cómo responder y me dí cuenta de que no hacía falta. Ella ya había tirado su mirada por la ventana, sobre el grupo que había retomado la charla animada y se alejaba por la plataforma.
Re-escritura en Mi de "Una historia inmoral", H. Quiroga
A veces los días no se pasan más, a veces, sólo a veces, la vida parece un sólo día.
Largo.
Otras veces es como si cada momento tuviera su color, como si fuera irrepetible. Hasta que llega el deja vu.